Leyendas
Inicio » Leyendas
Tue Tué – Mónica Zuares
Camisas era una pequeña y lejana localidad, al interior de Salamanca. Hubo una época en que, en dicha localidad, existían muy pocas casas y las distancias entre estas eran enormes.
Cada familia tenía su pequeño huerto y animales para sobrevivir; era un poco difícil llegar el pueblo, el recorrido se hacía en mulas, caballos y no todos podían hacerlo.
Todas las familias se conocían, se juntaban para realizar tareas en comunidad y, producto de esto, muchas veces surgía uno que otro casorio.
La vida trascurría sin mucha novedad, pero algo había que siempre los inquietaba. En el rincón más alto de la localidad, había una humilde y misteriosa choza, en la que vivía un matrimonio de ancianos. Ellos no compartían con los demás habitantes del lugar, casi nunca se veían, ni menos se sabía si bajaban al pueblo de Salamanca. Muchos ponían los ojos sobre ellos, pues en los alrededores de la casa no había ninguna plantación, nunca se les veía bajar a buscar agua al rio, todo el mundo se preguntaba de qué vivían.
Ella era una menuda anciana, producto de los años tenía una pequeña joroba que la encorvaba, tenía un moño formado por su pelo escaso y cano, tenía una mirada fija y penetrante, pero lo que más llamaba la atención eran sus largas y cuidadas uñas. Su marido, un flaco y desgarbado ser, cascarrabias, siempre hablaba entre dientes y se apoyaba en su pequeño bastón. Sin duda, eran unos vecinos muy especiales. Tenían por lo menos una docena de gatos, que para curiosidad de sus vecinos nadie sabía cómo eran alimentados. Todos comentaban en voz baja que eran brujos, las características calzaban.
Un día llegó, por esos lares, un cura misionero, que fue quedándose de casa en casa, entregando el mensaje divino. Todos se preguntaban si los extraños vecinos lo recibirían y así fue que cuando el padre se acercó a ellos, no lo dejaron pasar.
El cura enfermó gravemente y murió en una casa vecina. Lo extraño fue que murió de una repentina y elevadísima fiebre.
Los vecinos se organizaron para llevar su cuerpo al pueblo y lo hicieron en andas, en una humilde camilla. Mientras el cortejo cruzaba los cerros, por la noche, se percataron de que unos pájaros extraños revoloteaban sobre quienes conducían el cuerpo sin vida. La escena causó espanto.
Estaban asustados y entre susto y desconcierto alguien gritó “ven mañana por sal”. Esa noche durmieron bajo las estrellas, al amanecer prepararon el agua, el queso y el mate. Estaban listos para cebar el mate, aparecieron los viejitos a pedir sal. Tal fue el espanto de todos los presentes que la certeza se apoderó de todos… ¡eran brujos!, pues los pájaros de la noche eran los famosos Tue Tué.
Don Santo dijo que estos brujos se salen del cuerpo cuando se vuelven pájaros, que son almas que vagan en la noche y si tú les ofreces algo te lo cobrarán al otro día, de lo contrario, pagas con tu vida.
Los vecinos se organizaron y una noche de viernes, cuando la luna estaba en todo su esplendor y los ancianos dormían profundamente. Al ver a los vecinos, los gatos comenzaron a maullar furiosos, parecían custodios de esos cuerpos inertes. Pusieron sobre sus pechos cruz de palqui, rezaron varios Padres Nuestro y Ave María, rociaron toda la quincha con agua bendita y apareció una gran llama que consumió toda la choza. El griterío desgarrador de gatos y pájaros no dejó dormir a los habitantes del pueblo, durante toda la noche. La escena era como sacada del mismo infierno. Nadie durmió esa noche pues los gritos eran desgarradores, sólo quedaron cenizas.
Mucha gente de la localidad evitaba acordarse del hecho. El lugar en donde estaba la casa quedó en el olvido del tiempo, las generaciones evitaron pasar por allí por muchos años y si alguien lo hace por descuido, dicen que han visto un par de viejitos rodeados de muchos gatos...
Más leyendas: www.salamancachile.cl
|